Internacional

Mundos latentes*

Ticio Escobar

*Este texto corresponde a un poscriptrum referido al siguiente libro, recientemente publicado: Ticio Escobar. “Aura latente”, edic. CAV/Museo del Barro, Asunción, 2020.

Tício Escobar – Bienal de Curitiba
Ticio Escobar. Foto: Reprodução.

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La escritura del libro “Aura latente”  fue concluida en tiempo de pandemia; tiempo de claustro y espanto, tiempo sin término preciso. La violenta sacudida causada por el mundo al detenerse de golpe ha provocado en sus desprevenidos moradores zarandeos, caídas brutales y demasiados muertos. La fuerza de este frenazo ha parado en gran parte no solo la máquina productiva global, sino el pulso y el aliento del planeta que, en estado de shock,  parece replegado sobre sí, estancado en punto muerto, esperando no se sabe qué. El asalto del virus ha desorientado, en fin, el sentido del transcurso y deformado el semblante del futuro, que se muestra demasiado distante o por demás próximo, alterando el deseo, posponiendo expectativas o alojando inminencias que invaden el contorno del presente.

(Advierto que los mitos cósmicos de algunas culturas indígenas comienzan más o menos en los términos de lo recién escrito. Percibo que, en algún punto, la retórica mítica ishir puede facilitarme el abordaje de ciertos aspectos de tema tan exorbitante[1]. Los mitos se internan en las negruras nocturnas y nombran lo real al sesgo, delicada o ferozmente).

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En algún momento del tiempo mítico ishir (que no es propiamente un tiempo), el mundo se vio perturbado por la presencia de los llamados “anábsoro”, deidades-dema cuya existencia oscila entre la inmortalidad y el devenir orgánico: ellos están provistos, así, de atributos ambiguos, fantasmales. El virus que trastorna el mundo también tiene un estatuto espectral que lo vuelve ontológicamente perverso. “Los virus son inquietantes porque no están vivos ni muertos. No están vivos porque no pueden reproducirse por sí mismos. No están muertos porque pueden entrar en nuestras células, secuestrar su maquinaria y replicarse”[2]. Los humanos sabemos lo difícil que es enfrentar fantasmas, capaces siempre de replicarse y alterar nuestras maquinarias. Ante los fantasmas no hay vacunas, ni medicinas, ni tratamientos seguros; solo resta el afán porfiado de resistir sus fuerzas destructivas desde cada emplazamiento. La pandemia capitalista también tiene un componente fantasmático. Jorge Alemán dice que el capitalismo está empujado por una fuerza de reproducción sin límite que no responde ya a ninguna necesidad humana. “Se trata de una abstracción pura, espectral y fantasmagórica que se expande por doquier como el más perfecto de todos los virus”[3]. Tampoco hay antídoto ni remedio infalible contra este poderoso virus. Ante él, solo queda el recurso de resistir de todas las maneras y desde todos los lugares posibles: reformular experiencias emancipatorias, nutrirse del indispensable aporte del pensamiento y las prácticas feministas como, en general, de  las conquistas antipatriarcales y anticoloniales; reinventar modelos de subjetividad, concebir otras formas de estatalidad y  ensayar nuevas prácticas de empoderamiento y convivencia social. Resta, también, la posibilidad de desempolvar utopías desde el fondo del desencanto; de reinventarse a uno mismo, quizá.

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Se estima que en este momento cuatro mil millones de personas se encuentran encerradas en sus viviendas, pero no se puede conjeturar el número de quienes no tienen paredes ni techo que cobijen la cuarentena obligatoria. Hacinados habitantes de barrios-miseria, de comunidades indígenas desterradas, de cárceles atiborradas, así como de campamentos de refugiados, carecen no solo de espacios aislados, sino, en muchos casos, de agua corriente y otros servicios básicos exigidos para la higiene sanitaria. Se sabe muy bien que entre los sectores aquejados de pobreza extrema, el hambre y muchas enfermedades tratables matan infinitamente más que el Covid-19. El virus no hace distinciones, se dice, pero el sistema sí que las hace: no se trata solo de calamidad epidemiológica, sino de tragedia social expuesta de manera obscena, sin mascarilla ni manos esterilizadas.

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Ahora pasa volando bajo una bulliciosa bandada de loros. Hacía décadas que estas aves no llegaban a la ciudad de en cantidad tan notable: el respiro dado a la naturaleza ha provocado la súbita reaparición de especies exiliadas. Los ishir dicen que el paso de un conjunto de loros corta una etapa, aun mínima, del tiempo y abre otra: la tarde (los loros siempre pasan de tarde) no es ya la misma rayada por el griterío que se aleja, inquieta por las cifras de oscuros mensajes que ha dejado (los loros siempre dejan mensajes). Algo ha pasado y cortado el tiempo; cuando los cambios son extraordinarios cambia el cielo de color: el firmamento ishir ha pasado por varias mutaciones cromáticas. Ahora el cielo del planeta entero luce más limpio, liberado en sus aires de la contaminación producida por el movimiento enloquecido de multitudes y de máquinas. Habrá que ver cuánto tiempo dura este color y en qué otro se transformará luego.

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¿Cuánto durará el color de este tiempo? ¿En qué otro devendrá luego de la catástrofe? La aldea global ha devenido una escena rumorosa de preguntas ávidas de signos de futuro. ¿Qué pasará el día después? ¿Cómo será el primer amanecer luego del diluvio? Acaso por primera vez, el mundo se imagina a sí mismo como una unidad, aunque está lejos de serlo; esa instantánea autopercepción planetaria ilumina como un flash una escena compartida donde todos son espectadores y protagonistas a la vez y donde, al lado de ayes y clamores, se levantan amenazantes predicciones y profecías salvíficas. Todo el mundo, literalmente, está de acuerdo en que nada será igual a lo que era; pero la gama conformada entre quienes auguran que nada será igual para bien y quienes prevén que todo será para peor es muy variada, así como son variados los valores según los cuales algo es considerado deseable o pernicioso. Obviamente, esos vaticinios son precipitados y, aun, temerarios en cuanto carecen de la perspectiva requerida por análisis y predicciones prudentes. Pero resulta comprensible la ansiedad por avistar indicios de sentido ante lo real ominoso. La cultura trata de contener la angustia de lo indescifrable mediante mitos (cosmológicos, religiosos, ideológicos), pero éstos requieren complejísimos y demasiado largos procesos de elaboración. La “Galaxia Internet”, en cambio, acerca de manera instantánea inagotables novedades, informaciones, oráculos, fake news y análisis prospectivos que alimentan esperanzas, terrores, goces perversos y ganancias.

Es probable que casi todas las predicciones acierten en algún sentido y que el anhelado mañana pospandémico presente un espectro de incontables posibilidades abiertas entre los fatídicos presagios de catástrofe y ruina y los cándidos anuncios de redención del mundo. Por de pronto, continúa inmutable la feroz desigualdad que concentra el 82% de la riqueza del planeta en manos del 1% de sus habitantes[4]. Esta demencial inequidad impide a inmensas mayorías acceder al derecho a la supervivencia básica, que enfatiza hoy, de manera desesperada, la salud y la alimentación. Y, mientras tanto, aún en tiempos de pandemia, no se avizoran a nivel mundo políticas públicas dispuestas a detener la explotación del medioambiente. La salud, la nutrición y los recursos naturales siguen siendo concebidos como mercancías; como así sigue siendo concebida la cultura en general. Si bien, a todas luces, el sistema que los considera de ese modo ha fracasado, el mismo no da pistas de cambio de rumbo, aunque seguramente actualizará sus estrategias y, aun, sus formatos y sabrá acomodarse a los requerimientos de los tiempos nuevos. El gatopardismo es buen aliado de los regímenes amenazados, sobre todo cuando éstos siguen detentando el poder real.

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Ante esta situación demasiado oscura, y más allá de las adivinanzas voluntaristas, de las consignas dogmáticas y de las prognosis interesadas, se levanta el imperativo ético-político de encarar con responsabilidad los tiempos venideros. Es necesario pensarlos para tratar de intervenir, o al menos participar, en ellos inventando alternativas ante los rumbos inexorables del biopoder (del necropoder). Es necesario imaginar ‒desear‒ que estas alternativas involucren la participación de todos los actores de la escena pública. Y que lo hagan de cara al “bien común”, antiguo término que hoy debería significar “bien del común”. Si se espera que ese término implique la erradicación del capitalismo depredador de cara a indispensables transformaciones estructurales y subjetivas, entonces no conviene usar el modelo evolutivo e instrumental de temporalidad impulsado por aquel sistema: un modelo predeterminado, basado en la acumulación y movido por el crecimiento continuo en pos de la pura ganancia.

Las culturas indígenas pueden acercar pistas relativas a otras maneras de afrontar lo que habrá de venir. Para los ishir, por ejemplo, el tiempo actual no antecede al futuro, sino que transcurre paralelo a él, entreabierto siempre a pasajes traspasables de ambos lados. Los guaraníes, por su parte, conciben modalidades diversas de futuro: lo por-venir es enigmático, no en cuanto guarda contenidos indescifrables, sino porque es reenviado continuamente a dimensiones diferentes que impiden la derechura de su trayecto y el seguro cumplimiento de un término único. Hay futuros que están ocurriendo o que ya han ocurrido; como hay otros que podrían acontecer o bien que seguramente ocurrirán. Y hay otros, por fin, que nunca lo harán y quedarán pendientes de conclusión siempre, llenando de energías diversas el destiempo de su suspenso. Las potencias del porvenir anidan en el presente-pasado, bullente de “gérmenes de futuro” (Benjamin), cargado de fuerzas latentes disponibles para su activación en el curso de proyectos diferentes.

En todo caso, no existe una línea, cruzada la cual comenzaría el día después. Lo imprevisible que ocurrirá habrá de asumir las crisis, desigualdades, conquistas y posibilidades que ya comenzaron con la pandemia; que la preceden porque, en parte, la provocaron. Es posible que todos los futuros que impliquen el relevo radical del status quo deban ser construidos mediante procesos que movilicen saberes, afectos y poderes plurales. Y deban ser concebidos con rigor reflexivo, imaginación e impulso creativo. Todos los futuros son contingentes: deberán ser ganados en cada caso.

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La cuestión de la temporalidad termina desembocando en los ámbitos del arte. ¿Qué sucede allí durante el lapso de la pandemia? Y de nuevo: ¿Qué habrá de suceder después? Salvando los ya citados riesgos que supone el hablar en tiempo real sin suficiente distancia y, por ende, sin perspectiva, se pueden identificar a simple vista cuatro situaciones actuales en aquellos ámbitos. La primera afecta la institucionalidad del arte, bruscamente desmantelada. Los museos, bienales, foros, ferias, instituciones académicas y galerías han parado bruscamente. Apenas cancelados todos los programas, comenzaron a emerger modalidades virtuales que intentan como pueden compensar la falta de público, de obra real, de traslado físico y de contacto personal. Aquí se abre un campo desconocido de posibilidades que podrían oscilar entre el derrumbe y la reformulación del modelo tradicional de mercado y exhibición de obra.

La segunda situación, vinculada con la anterior, tiene que ver con el acelerado aumento on line de la banalización de la “gran obra”, por lo general pictórica y perteneciente a los museos de las metrópolis centrales. En la mayoría de los casos, son estas mismas instituciones las que promueven políticas de acercamiento al público masivo: programas “amigables” basados en trucos de la sociedad del espectáculo, la publicidad y el entretenimiento para despojar las creaciones de cualquier sombra de enigma que pudiera complicar su recepción fácil y divertida. Algunos artistas han asumido irónicamente este caso haciéndolo principio de obra nueva. La trivialización neokitsch del gran arte ilustrado podría manifestar tanto la progresiva desacralización de la obra maestra a cargo de estéticas alternativas, como la voracidad de las industrias culturales, capaces de manipular los códigos de fetichización de los objetos para promover su mejor consumo. En ambos casos se advierten los síntomas de una pequeña muerte del arte.

Otra situación se manifiesta en el notable aumento de producción de obra durante la cuarentena. No todos los artistas se sienten motivados a crear en aislamiento, y no todos cuentan con las condiciones apropiadas para hacerlo, pero, aparentemente, un número considerable de mujeres y hombres atrapados por el largo encierro dedica parte del día a esa tarea. El ingenio, componente del arte al fin y al cabo, habilita modalidades innovadoras y nuevas formas de creación y difusión; obviamente, las redes sociales juegan un papel principal, aunque no único, en el funcionamiento de este circuito de emergencia.

Por último, corresponde atender el caso de los resortes mismos de la creación durante este presente exacerbado. Si el arte extrae sus energías y sus argumentos de las circunstancias que acerca su propio tiempo (asumido, alterado o impugnado por cada obra), es indudable que una coyuntura tan traumática como la actual no puede dejar de afectar la sensibilidad, la percepción y las representaciones de los artistas y, por ende, no puede dejar de filtrarse en el concepto, la materialidad y las formas de sus producciones. Descartado el camino del motivo directo (representación literal de barbijos, hospitales, calles vacías, rostros angustiados y cuerpos enfermos, cuando no cadáveres), vía que no conduce a la situación aquí tratada, cabe considerar cómo el desastre se manifiesta en cuanto verdad del arte contemporáneo. Cómo aparece/se sustrae en las obras para nombrar no solo el virus, sino su otro lado, el más allá de él.

El arte complejiza la experiencia de su objeto impugnando la identidad que lo encierra en contornos fijos, haciéndolo asunto de duda, confrontándolo con su propia ausencia o con su otro de sí. Promueve, de este modo, la continua extrañeza de ese objeto disipando las certidumbres que lo empañan. Para hacerlo, inventa distancias que permiten observarlo desde distintas posiciones; que permiten alejarse de él y a él volver con otra mirada. Estos procesos desidentificadores no pueden ser encarados de manera voluntarista: requieren no solo los ministerios del concepto, sino los empujes de la intuición, el olfato y la imaginación, facultades/saberes oriundos del cuerpo y las honduras subjetivas; poderes provenientes también del tiempo denso y dislocado que apremia y sustenta los ámbitos del arte. Los complicados mecanismos del quehacer artístico le impiden dar cuenta inmediata de su coyuntura y le imposibilitan hacerse cargo expeditivamente de las cuestiones que levanta la pandemia. Ante el enigma no hay respuestas, sino indicios, equívocos en general. Por eso el arte no contesta las preguntas; las reenvía a dimensiones donde resuenan de manera distinta y devienen eco de sí; multiplican de este modo sus sentidos posibles. El arte no predice el futuro, imagina sus dislocaciones y desvaríos, sus espejismos y espirales. Incuba sus simientes. Anticipa ficcionalmente el tiempo por venir, lo discute mediante los argumentos de la memoria, trata de enmendarlo desde los antojos sabios del deseo y las fundadas razones de la ilusión.

El arte no ofrece panaceas para las desventuras que acarrean las pandemias sanitarias ni soluciones para las iniquidades que imponen las pestes político-sociales: aviva la mirada ética, resiste la instrumentalización de sus imágenes y reinventa continuamente los alcances y los modos de la temporalidad. El arte alimenta reservas de significación, formas que podrán permanecer en estado latente hasta que encuentren su sazón en momentos favorables. Fomentar embriones de futuro es su compromiso con el tiempo venidero: de cara a él, el arte permite avistar salidas potenciales allí donde solo aparece un camino obturado por virus y desigualdades fatales.

APUNTES

[1] Los indígenas ishir, pertenecientes a la familia lingüística zamuco, están asentados en la zona selvática del Chaco Boreal del Paraguay. Desarrollan complejísimas ceremonias sustentadas por un corpus mítico denso y sumamente refinado, como el correspondiente a otras culturas étnicas: me refiero solo a ésta, pues es la que mejor conozco.

[2] Helen Briggs. “Coronavirus: cómo se estrecha el cerco sobre el pangolín como probable transmisor del patógeno que causa la covid-19”. BBC News, 27 marzo 2020.

[3] Jorge Alemán. Entrevista. “Interrogantes y conjeturas sobre la pandemia del siglo XXI”, p. 201, en https://www.argentina.gob.ar/sites/default/files/el_futuro_despues_del_covid-19_0.pdf

[4] Informe de Oxfam, enero de 2020. https://www.oxfam.org/es/notas-prensa/los-milmillonarios-delmundo-poseen-mas-riqueza-que-4600-millones-de-personas

 

Escobar, Ticio
Aura latente
Asunción: CAV/Museo del Barro, 2020
310 pp. 22 x 15 cm.
ISBN XXX-XXXXX-XXX-X-X
© Ticio Escobar, 2020
© Del prólogo: Nelly Richard, 2020
© CAV/Museo del Barro, 2020
Cuidado de la edición: Osvaldo Salerno
Corrección: Derlis Esquivel
Ilustración de portada: Detalle de obra de Osvaldo Salerno, Sin título,
1974, impresión sobre papel de matrices zincográficas, 60 x 70 cm.
colección Centro de Artes Visuales/ Museo del Barro.
Diseño de portada: Osvaldo Salerno
Diagramación: Miguel López
Impresión: Imprenta AGR
Centro de Artes Visuales/Museo del Barro
Grabadores del Cabichuí 2716, entre Cañada y
Emeterio Miranda Isla de Francia
Tel.: (595-21) 607996 Asunción, Paraguay
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Responsables
Centro de Artes Visuales
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Museo del Barro
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Departamento de Documentación e Investigaciones: Damián Cabrera
Hecho el depósito que marca la Ley Nº 1328/98. Prohibida la reproducción
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n° 55 – Ano XVIII – Setembro de 2020 ISSN 2525-2992  →   VOLTAR

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